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martes, 16 de mayo de 2023
Arregló a dos manos
sábado, 31 de diciembre de 2022
Para mí compadre
Qué palabras decirle a mi compadre Manuel, si ayer vivió la vida de su hermano y hoy vive su muerte.
Con qué mano lo saludo si mis cuencas albergan frío y hastío
Acaso mis brazos serán suficiente para anidar condolencias que den paz a su corazón
Ruego y ruego más allá de cualquier misterio para que me brinde alabanza por la paz que ya encontró Gabriel
Ruego por mi compadre y su familia para que la paz sea aquí y ahora,
En esta tierra, con sus fríos y calores, busco en su vientre la calidez que da quietud a los misterios de su vida.
Amen
El obelisco de nuestro jardín
A menudo me acerco a flor del obelisco, que hace tres años plantamos en nuestro jardín.
En cada riego, por las mañanas, se nos suelta un profundo anhelo de abundancia. Con lo poco que tenemos conspiramos con la alegría y el amor.
De su sierpe, recto y leñoso, lo adulamos con miradas hasta llegar a su fruto, con cinco pétalos por cada flor, con galanes colores que glorifican al colibrí, mañanero en su visita, se subyuga con su olor.
Imposible desbandarse de su belleza, ni siquiera, soslayar turbadamente, el atisbo de sus tempestades de bálsamos tropicales.
Cada vez que lo riego, sonrío rumboso a la vida, al ponerle trampas en sus simientes para excitar la creación.
sábado, 3 de diciembre de 2022
Anoche volvió mi padre
Anoche volvió mi padre. Nunca me he ido, me dijo. Lo miro sorprendido como si fuera un enorme gorila que mide un metro noventa de alto. De ancho, me imagino, es más fácil sacarle la vuelta que brincarlo. Si nunca te fuiste, te pregunto ¿dónde has estado enorme orangután? ¿Dónde se encuentra ese espacio que ocultó tu enorme universo de risa silenciosa, de mirada humilde y a la vez justiciera? ´ ¿Bajo qué techo pudieron pasar desapercibidas tus manos de labriego, tus patas de elefante y la barriga de tonina recién almorzada?
Lo miro a los ojos. Son desafiantes como la mirada de un toro en brama y tiernos como los de una vaca enorme y lechera. Monumentales calichones que nunca estrellan su mirada, al menos que te interpongas de manera provocadora en su camino.
Dónde has estado, le digo. Me responde, he viajado como el agua del cardonal que borra todas las huellas, con el vaivén de las olas del mar, que ponen generosamente sus manos para alimentar pelicanos y gaviotas que nunca vuelves a ver.
Movió sus manos como enorme botarga, haciendo aspavientos para que el olor de la Catalina entrara por sus narices, como el humo de café nostálgico, que humedece la cocina.
Volteo a un lado y el sueño me pone en la calle de lo que fue nuestra casa. Niños jugando con una pelota. Mi hermana corriendo como una menor de cinco años, como si no hubiera pasado el tiempo de la partida de este ogro que nos acechó cada noche, por abajo del catre, en el que dormíamos para protegernos de la sospechosa presencia de un alma que no se quiere ir, a pesar de que ya le rezaron el padre nuestro en su féretro y le guardaron luto novenario tras novenario, cada año, cada 2 de noviembre, con pozole o menudo con patas, tan grandes como las de mi padre.
Una camioneta vieja se estaciona en la acera. Un chamaco que está por cumplir su quinto año en esta tierra, juega como si manejara un tractor o una trilladora. Tuerce el manubrio para esquivar un perro. Frena delante de mí y me doy cuenta que soy yo en el tiempo estacionado de aquél verano en el que dormías en un cajón con unas tinas con hielo por debajo
Qué sientes por la muerte de tu padre, le preguntó el primo Rufino. Nada, respondió inocente el chamaco, abriendo la puerta del auto para que saliera ese orangután salido del féretro. Miro ese universo de masa que se abre paso, zancada por zancada. Lo miro de arriba abajo. Y el dueño de esa barriga de ballena me dice: ya ves, te dije que no me he ido.
sábado, 3 de septiembre de 2022
Socaaix, territorio Comcaac
martes, 5 de marzo de 2019
HASTA SIEMPRE RUBÉN
En especial, le di las gracias porque él fue quien encabezó una protesta que nos salvó la vida a varios compañeros que militábamos en el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Fue el 10 de agosto de 1977. Apenas iba a cumplir los 17 años, cuando nos enteramos desde temprano, de un supuesto operativo de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Tomaron por asalto un camión que transportaba a los trabajadores de una empresa frigorífica de Hermosillo, para repartir el periódico Madera, que editaban para convocar a la lucha armada en todo el país.
Con todas las sospechas del mundo, nos empezamos a comunicar entre los compañeros perretistas, con el fin de auto protegernos y comprender lo que estaba pasando. Debíamos organizar una defensa en base a la movilización.
La primera noticia lamentable que recibimos, fue que un escuadrón de la famosa Brigada Blanca, había secuestrado al compañero Isidro Leyva.
Nos reunimos en la casa que rentaba el compañero Jossy, originario de San Luis Río Colorado, que se encontraba a un lado de la cantina del Pluma Blanca.
Discutimos bajo tensión. No podíamos dejar sólo al compañero Chilo y decidimos salir a la calle para hacer pública la represión. Se hicieron volantes donde se relataba la cacería de brujas que se había desatado contra los dirigentes sociales de Hermosillo. Y en una brigada nos dirigimos al mercado municipal.
Desde que empezamos a distribuir los volantes, sentí la persecución. Esto hay que hacerlo rápido, me dije, a la vez que repartía la propaganda. En el mercado municipal, se me acercó un hombre paras pedirme un volante. En cuanto lo vi, la sospecha se apoderó de mí, porque reconocí su cara en un par de veces y en diferentes partes del recorrido que llevábamos. Me están cazando, me dije urgido. Y cuando intenté correr, el tipo me alcanzó de un brazo, sacó una pistola y me la encajó en la espalda. ¡Cálmate perro, si no te va a llevar la chingada!
Eran como las 11 de la mañana. Me subieron a golpes y empujones en un carro y me trasladaron a los separos de la PGR. Me bajaron con los ojos vendados y a partir de ahí, no cesaron los golpes con la palma de sus manos sobre mis oídos. Los puñetazos en las partes blandas eran lo que mejor hacían. Me sacaron los mocos, me hicieron vomitar. Y después de eso, me ahogaron en la taza de un baño.
Todos esos golpes, todas esas ahogadas, esas patadas, todo eso y más, iban acompañadas de una pregunta: ¡¿quién es ese lenoncito?! Mi sola respuesta de no sé, provocaba una marea alta de puñetazos y patadas, de zambullidas en un inodoro donde esos desalmados orinaban frente a mí.
¿Dónde está ese lenoncito? ¿Dónde guarda las armas?
Me preguntaban una y otra vez. Y ante cualquier insinuación que daba, arreciaban los golpes. Y comprendí que el silencio era mi mejor respuesta.
Se cansaron de torturarme. Se ablandaron conmigo. Hasta me llevaron unos huevos guisados con frijoles y unas tortillas de maíz. Había perdido la noción del tiempo. La hora no podía estimarla porque me tenían en una celda oscura.
En eso, los de la brigada blanca, volvieron al ataque.
-Vamos a ver hijo de tu puta madre si no nos dices dónde está ese lenoncito.
En ese año, estudiaba en el Colegio de Bachilleres. Habíamos organizado un movimiento estudiantil para detener el aumento a las colegiaturas que nos habían anunciado. Preparábamos el apoyo a la lucha que darían en un futuro cercano los maestros, maestras, trabajadores, trabajadoras del Cobach para obtener el registro legal como sindicato independiente y democrático.
En medio de los golpes, comprendí la razón de mi secuestro. La Brigada Blanca quería descabezar los movimientos que se avecinaban.
Entraron de nuevo los guaruras y me dijeron: ya tenemos preparadas tus botas de concreto para tirarte a la presa. Te las vamos a poner si no nos dices dónde está ese pinche lenoncito.
Me llevaron a rastras al baño. Para estas alturas de la represión, encontré la manera de burlarlos. Tenía capacidad de durar poco más de 3 minutos bajo el agua y cuando me sumergieron en una taza llena de agua con orines, con el cuerpo holgado empecé a contar uno por uno los segundos hasta llegar a los 60. Solté un poco de aire y guardando una reserva de oxígeno, fingí unos estertores de ahogamiento. Volví a contar, 1, 2, 3, hasta llegar al 20, de plano, solté el cuerpo. Me sacaron de la taza y yo mantenia como tesoro, una pequeña reserva de oxigeno en mis pulmones.
-¿Dónde guardas las armas que te dio el lenoncito ese?
Y antes de que me metieran de nuevo a la taza, por allá a lo lejos, escuché una voz de protesta. Una voz que exigía la libertad de los presos políticos. Libertad para Isidro Leyva. Libertad para José Luis Jara.
Era una voz inconfundible para miles.
El guarura de la Dirección Federal de Seguridad me metió de nuevo a la taza del baño y yo sólo dije en el silencio aterrador que sólo se da en un estado de ahogamiento; Allí está tu Lenoncito, cabrón hijo de perra. Y empecé a contar de nuevo 1, 2, 3, 4, 5…hasta llegar al minuto para a volver a armar el teatro bajo el agua con orines, con golpes y mentadas de madres.
Fueron los últimos momentos de esa tortura que todavía me acompaña, de esa noche del 10 de agosto. Al siguiente día, muy temprano, me subieron a un carro y con todo el cinismo e impunidad del mundo, esos agentes de la policía política mexicana, me arrojaron del vehículo en la vía pública, por la calle Matamoros, frente a lo que fue, en ese tiempo, Librolandia.
Rubén me salvó la vida. Doy gracias por ello. Gracias le dije ayer. Gracias lo digo hoy. Y gracias lo diré siempre




