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martes, 16 de mayo de 2023



Cuarenta días me franquearon
con ausencia de vida.
Del hospital a la recuperación
perdí parte de mis entrañas.
Fueron días sin sal,
sin el fruto de las tentaciones
Me hurtaron de la mano
por un camino de arena caliente.
Mis palabras fueron sumisas,
dichas en silencio
Pues la existencia, reciamente, me cerraba sus puertas
Corrí entre lo blanco y lo negro
Sin tomar agua, sin comer pan,
con manojos de seres humanos
que se arrastraban frente a mis ojos cerrados,
buscando mi cara, ocultando sus pecados.
Y en la última noche de mi peregrinación
sin el agua de mi sangre, una voz, lóbrega, me dijo:
Ven conmigo, a mirar el cielo por debajo de la tierra.
Con sonrisa comedida, de su lengua nacieron palabras mordaces:
Vamos a expiar tus pecados purgando tus pasiones.
Me tomó del brazo para treparme a su montura.
Todo lo que ves será tuyo, me sentenció
Te embriagarás de la oscuridad del mundo,
tendrás las mejores viandas en tu mesa,
los mejores vinos correrán por tus copas
y las mujeres hermosas te abrirán sus sentidos
para dominar su espíritu como el superior jinete.
De la oscuridad que transitaba, salió una mujer con mirada severa,
No sólo del pan vive el hombre, le dijo al fruto del leviatán.
No sólo del pecado nace la felicidad, le atajo,
poniendo su certeza frente a la roja mirada del engendro.
Al momento, sacó con su diestra un sable de albor líquido
e interrumpió el camino del poseso.
Con su siniestra me bajó de la montura a medio galope,
Puso mis pies sobre tierra firme.
Levanté mi cabeza y miré a Catalina, mi madre
Y el escalofrío que subía y bajaba por mi espalda
se diluyó como la tranquilidad que viene después de la tormenta.
Sólo alcancé a decirle tres veces gracias:
Una por salvarme, otra por estar conmigo
y la última, por sellar mi camino en medio de las confusiones.

Arregló a dos manos



Día de trabajo. Después de un sueño aterrador, que me dejó un escalofrío que no me quería abandonar, decidí levantarme con el pie derecho, resuelto a probar el estado en que se encuentra mi aparato cardiovascular. Me iré caminando al trabajo, musité, al tiempo que, decidido, me dirigí a darme una ducha. Me tallé con un estropajo, con los que se utilizan para lavar los trastos, con la idea de destapar los poros al cien por ciento de la piel, para que mi sistema linfático no tuviera pretextos para echar los demonios y toxinas en olorosos sudores. Con un desayuno liviano, un cereal con plátano y fresas me sentí listo y me metí unos pantalones de mezclilla, camiseta y unos tenis que uso para mis caminatas.
Me sentí audaz para esta tarea y dije, fierro por las calles de Hermosillo. Sin importar lo que dijeran de mí, caminé por las calles, rumbo al trabajo, braceando al compás de mis pasos. Es bueno para la salud, pensé, porque se estimula y fortalece el corazón, ya muy traqueteado a mis 63 años. Un, dos, tres, cuatro… hasta llegar a las cien braceadas y cambiaba de estilo. Ahora, el ejercicio fue por los lados, hasta arriba de la cabeza, estirando los brazos y estirando los dedos. Luego la derecha arriba y la izquierda abajo y así, agitaba mi cuerpo, cerraba mis ojos para tratar de sentir el viaje de la sangre por mis venas y arterias. Me imaginaba a la hemoglobina como un transporte interno para mover el oxígeno, el dióxido de carbono, las hormonas y todas esas sustancias que se agregaron al desayuno con el cafecito y un vaso de agua.
En diez minutos arribé al Parque Madero. En la puerta de entrada, un letrero avisa del año de su fundación: 1959, cuando gobernaba el estado Álvaro Obregón Tapia, personaje ligado a los terratenientes de la entidad y uno de los llamados cachorros de la revolución. Curiosa la cosa, dije en mis adentros, este parque tiene la misma edad que yo. Pero los eucaliptos, nimes y guamúchiles tendrán la misma edad, me pregunté. Quién sabe, porque la corteza de estos árboles tiene la apariencia de ejemplares veteranos, quizás porque de ellos se desprenden tiras que dejan manchas grises y parduzcas sobre la corteza interior del macizo.
Seguí caminando por el parque. Las hojas verdes azuladas del eucalipto segregaban un olor balsámico que mis narices captan con mayor intensidad a estas horas de la mañana. Ese aceite esencial me recordó los menjurjes que preparaba mi madre Catalina cuando sufría de enfermedades respiratorias, sobre todo, cuando la flema que escupía era de un color verde intenso. Es el signo, nos decía mi madre, de que la infección ya había agarrado vuelo. Y era el momento de poner a hervir agua en un recipiente con estas hojas ovaladas que trituraba para que más rápido se mezclara el aceite con el agua, en su punto de ebullición, para que se desprendiera ese bálsamo medicinal que era atajado con una toalla que mi madre me ponía sobre la cabeza y cubría con ella el recipiente, para que llegara a los pulmones al momento de aspirar el vapor.
Seguí a paso veloz por el parque, hasta que tuve frente a mí un triste pino, con sus ramas parduzcas, caídas como si se lamentaran del calor del desierto. Procuraban un aspecto sombrío que ni los perros que deambulan solitariamente por el parque, se atrevían a marcar su territorio en su áspero tronco; se mantenían a una prudente distancia. Al mirarlo me quedé hipnotizado. Mis brazos dejaron de moverse inconscientemente frente a ese tronco leñoso y elevado. Mis piernas se quedaron varadas y me retrocedieron a un año indefinido, ubicado poco antes de iniciarme en la escuela primaria del barrio. Es un enhiesto como el que se encontraba fuera de la casa vecina a la nuestra, en el barrio en el que viví mi niñez; le decíamos el pino de doña Lupe, una señora taciturna que animaba sensaciones muy recónditas, de abatimiento, como si hubiera perdido a un ser amado en un tiempo lejano que moldeaban su soledad.
Hasta esa época y espacio viaje al mirar la cicatriz leñosa, hasta una noche en que mi cuerpo se agitaba por la fiebre. La voz que salía de mi pecho era como una emanación del averno que apenas podía pronunciar. Mi madre Catalina, preocupada, me hizo aspirar vaporizaciones que preparó con agua hervida y hojas de eucalipto. No había otra opción, pues salir a la calle en búsqueda de un doctor, podría ser contraproducente para mi salud, por la brisa frío que movía las ramas del pino de la vecina, como banderas mal intencionadas y amenazantes. Luego me mandó a dormir para evitar que respirara el viento helado de aquel invierno. Y me fui a la cama que compartía con uno de mis hermanos, en una amplia recámara en la que nos guarecíamos los varones de la casa. Éramos cuatro y había dos camas. Todos se quedaron jugando, como era costumbre, hasta llegada la medianoche.
Al cerrar los ojos me disipé en el tiempo y el espacio, con una extraña sensación que concibió al cuarto como un sótano por el que se entraba a través de una escalinata de madera vieja y crujiente. De ahí procedieron unos pasos de un extraño ser que pensé eran de mi hermano mayor. Bajaba tosiendo, como si sus exhalaciones vinieran de una caverna ubicada en el más allá. Su bajar era lento, eterno, como si la escalinata no tuviera fin.
Quién anda ahí, pregunté asustado. La respuesta fue un carraspeado estentóreo. Eres tú, Ramón, quise precisar. Pero la respuesta fue una tos lúgubre que ahuyentó mi seguridad. Quise levantarme y no pude. Me apoyé con mis manos en la cama para sentarme y no pude sentarme por más fuerzas que aplicaba en mis brazos. Escuché una respuesta. Era una señal con mucha aspereza en la garganta de ese ser que ya no sabía si era mi hermano o era una entelequia que venía de algún círculo del infierno. De nuevo traté de levantarme, pero mi cuerpo empezó a elevarse de la cama con una tranquilidad desesperante. Eres tú Ramón o quién eres, pregunté con una serenidad disimulada que lindaba en un estado nervioso, fustigador. Me aferré a la cama, atrapé las cobijas con mis uñas, como garras, para evitar que la fuerza extraña me levantara como si mi cuerpo fuera una leve pluma que vuela con cualquier soplo de aire. Abrí los ojos y miré que el techo de la recamara estaba a mi alcance. Pero no quise soltar las cobijas de la cama para evitar la flotación de mi cuerpo. El techo estaba más cerca de mi cara. Y decidí rotar la mirada hacia abajo y alcancé a mirarme, como si mi espíritu se hubiera separado de mi cuerpo. Me vi exhausto, estirado como una tabla reposando en la cama. Volví mi cara hacía arriba y el techo ya casi rasgaba mi nariz. Y los pasos que escuchaba de la escalinata seguían bajando, haciendo crujir la madera vieja. La carraspera de ese ser que bajaba al sótano era más ruidosa, como si estuviera cayendo un fuerte rayo lento y profundo. Qué es esto, me pregunté. Es un sueño o es la realidad. Quise moverme y no pude. Mis brazos se quedaron engarrotados con un puño aferrado a las cobijas. Desesperado, decidí concentrar mis energías en una parte precisa de mi cuerpo, crear un punto de apoyo para mover mi universo atascado en esa noche. Concentré la mirada en mi mano. La visualicé, como si fuera una realidad. Luego concentré mi atención en mi dedo cordial derecho y en un momento dado, con toda la energía concentrada en ese punto, intenté mover ese dedo. Y de mi cuerpo salió un manotazo que golpeé a mi hermano, que ya estaba acostado en la cama donde me debatía entre el sueño y la realidad.
Qué te pasa, me dijo, deja dormir. Mi hermano estaba a un lado de mí y esas escaleras tenebrosas se habían esfumado con mi despertar. Entonces, volví a la serenidad, abrí los ojos y estaba extasiado frente a ese pino que se encuentra en el Parque madero.

sábado, 31 de diciembre de 2022

Para mí compadre

 Qué palabras decirle a mi compadre Manuel, si ayer vivió la vida de su hermano y hoy vive su muerte.

Con qué mano lo saludo si mis cuencas albergan frío y hastío

Acaso mis brazos serán suficiente para anidar condolencias que den paz a su corazón

Ruego y ruego más allá de cualquier misterio para que me brinde alabanza por la paz que ya encontró Gabriel

Ruego por mi compadre y su familia para que la paz sea aquí y ahora,

En esta tierra, con sus fríos y calores, busco en su vientre la calidez que da quietud a los misterios de su vida.

 Amen

El obelisco de nuestro jardín



A menudo me acerco a  flor del obelisco, que hace tres años plantamos en nuestro jardín.


En cada riego, por las mañanas, se nos suelta un profundo anhelo de abundancia. Con lo poco que tenemos conspiramos con la alegría y el amor.

De su sierpe, recto y leñoso, lo adulamos con miradas hasta llegar a su fruto, con cinco pétalos por cada flor, con galanes colores que glorifican al colibrí, mañanero en su visita, se subyuga con su olor. 

Imposible desbandarse de su belleza, ni siquiera, soslayar turbadamente, el atisbo de sus tempestades de bálsamos tropicales.

Cada vez que lo riego, sonrío rumboso a la vida, al ponerle trampas en sus simientes para excitar la creación.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Anoche volvió mi padre

 Anoche volvió mi padre. Nunca me he ido, me dijo. Lo miro sorprendido como si fuera un enorme gorila que mide un metro noventa de alto. De ancho, me imagino, es más fácil sacarle la vuelta que brincarlo. Si nunca te fuiste, te pregunto ¿dónde has estado enorme orangután? ¿Dónde se encuentra ese espacio que ocultó tu enorme universo de risa silenciosa, de mirada humilde y a la vez justiciera? ´ ¿Bajo qué techo pudieron pasar desapercibidas tus manos de labriego, tus patas de elefante y la barriga de tonina recién almorzada?

Lo miro a los ojos. Son desafiantes como la mirada de un toro en brama y tiernos como los de una vaca enorme y lechera. Monumentales calichones que nunca estrellan su mirada, al menos que te interpongas de manera provocadora en su camino.

Dónde has estado, le digo. Me responde, he viajado como el agua del cardonal que borra todas las huellas, con el vaivén de las olas del mar, que ponen generosamente sus manos para alimentar pelicanos y gaviotas que nunca vuelves a ver. 

Movió sus manos como enorme botarga, haciendo aspavientos para que el olor de la Catalina entrara por sus narices, como el humo de café nostálgico, que humedece la cocina.

Volteo a un lado y el sueño me pone en la calle de lo que fue nuestra casa. Niños jugando con una pelota. Mi hermana corriendo como una menor de cinco años, como si no hubiera pasado el tiempo de la partida de este ogro que nos acechó cada noche, por abajo del catre, en el que dormíamos para protegernos de la sospechosa presencia de un alma que no se quiere ir, a pesar de que ya le rezaron el padre nuestro en su féretro y le guardaron luto novenario tras novenario, cada año, cada 2 de noviembre, con pozole o menudo con patas, tan grandes como las de mi padre.

Una camioneta vieja se estaciona en la acera. Un chamaco que está por cumplir su quinto año en esta tierra, juega como si manejara un tractor o una trilladora. Tuerce el manubrio para esquivar un perro. Frena delante de mí y me doy cuenta que soy yo en el tiempo estacionado de aquél verano en el que dormías en un cajón con unas tinas con hielo por debajo

Qué sientes por la muerte de tu padre, le preguntó el primo Rufino. Nada, respondió inocente el chamaco, abriendo la puerta del auto para que saliera ese orangután salido del féretro. Miro ese universo de masa que se abre paso, zancada por zancada. Lo miro de arriba abajo. Y el dueño de esa barriga de ballena me dice: ya ves, te dije que no me he ido.

sábado, 3 de septiembre de 2022

 Socaaix, territorio Comcaac

Llegamos a Socaaix, Punta Chueca, sin problemas. Con carretera pavimentada hasta la entrada de esta comunidad originaria, el trayecto se realizó de tal manera que pudimos embelesarnos con la belleza dual del color turquesa del mar y los colores de la arena y las montañas de la Isla Tiburón. Mar y tierra, otra expresión de la belleza del desierto sonorense.
Llegamos más que puntuales a celebrar el año nuevo de esta nación. Nos movió la solidaridad con este pueblo que se ha visto agredido, diezmado y que milagrosamente están teniendo un renacimiento en la actualidad. Nos interesó sobremanera por qué la celebración en este cambio de estación y, en lo particular, aprovechar la conexión que se logra tan sencillamente en un lugar poderoso, como la isla, tan majestuoso como sus cordilleras que han albergado tinajas para bien de la fauna. Y frente al sol, nuevo e intenso sol, que significa la renovación espiritual, renovación de la naturaleza con las lluvias venideras y estar preparados para los cambios constates de la vida. Es el año nuevo comcaac.
Grandes mujeres estaban encargadas de la cocina. Cuando llegamos, ya tenían una caguama en su concha. Sabemos de la prohibición de esta especie, porque se encuentra en alto riesgo de extinción. Pero la cultura de respeto a la naturaleza y al medio ambiente, que tiene este pueblo, ha permitido la reproducción de esta especie. Una cultura que se ha sustentado en mitos o leyendas de los comcaac sobre la creación. En este mar de historias, la caguama juega un papel fundamental: la creación de la tierra.
Estas historias de la creación Comcaac y la vida en general del pueblo, se han visto en medio del torbellino colonizador. La persecución de los españoles, primero, luego la de los gobernadores sonorenses, los obligaron a empoderarse en la isla Tiburón. Y me imagino, que ante tal asedio se vieron en la necesidad de sacrificar ese animal sagrado, para que la gente de la isla pudiera sobrevivir.
Para los comcaac, es una especie de bendición comer caguama. Y de acuerdo a las normas oficiales de protección, este pueblo es el único que tiene permiso para cazar la caguama para asuntos que tienen que ver con su tradición.
Llegó la hora de la ceremonia. El presidente del Consejo de Tradicional de Ancianos, don Enrique, izó la bandera de la nación. Estaba flanqueado por mujeres comcaac. Y después invitó a pasar al camino de la magia de este pueblo. Frente al mar, con la vista a la isla, nos encaminó a donde estaba Jorge, un maestro de esta nación del desierto.

martes, 5 de marzo de 2019

HASTA SIEMPRE RUBÉN


En una de las últimas visitas que le hice a nuestro querido camarada Rubén, aproveché para darle las gracias. Gracias por lo que me enseñaste y las lecciones que nos diste en una época en que nuestro corazón palpitaba como un fuerte tambor por la liberación social, por la revolución socialista y con entereza gritábamos patria o muerte, en un contexto de represión policíaca y militar.
En especial, le di las gracias porque él fue quien encabezó una protesta que nos salvó la vida a varios compañeros que militábamos en el Partido Revolucionario de los Trabajadores.
Fue el 10 de agosto de 1977. Apenas iba a cumplir los 17 años, cuando nos enteramos desde temprano, de un supuesto operativo de la Liga Comunista 23 de Septiembre. Tomaron por asalto un camión que transportaba a los trabajadores de una empresa frigorífica de Hermosillo, para repartir el periódico Madera, que editaban para convocar a la lucha armada en todo el país.
Con todas las sospechas del mundo, nos empezamos a comunicar entre los compañeros perretistas, con el fin de auto protegernos y comprender lo que estaba pasando. Debíamos organizar una defensa en base a la movilización.
La primera noticia lamentable que recibimos, fue que un escuadrón de la famosa Brigada Blanca, había secuestrado al compañero Isidro Leyva.
Nos reunimos en la casa que rentaba el compañero Jossy, originario de San Luis Río Colorado, que se encontraba a un lado de la cantina del Pluma Blanca.
Discutimos bajo tensión. No podíamos dejar sólo al compañero Chilo y decidimos salir a la calle para hacer pública la represión. Se hicieron volantes donde se relataba la cacería de brujas que se había desatado contra los dirigentes sociales de Hermosillo. Y en una brigada nos dirigimos al mercado municipal.
Desde que empezamos a distribuir los volantes, sentí la persecución. Esto hay que hacerlo rápido, me dije, a la vez que repartía la propaganda. En el mercado municipal, se me acercó un hombre paras pedirme un volante. En cuanto lo vi, la sospecha se apoderó de mí, porque reconocí su cara en un par de veces y en diferentes partes del recorrido que llevábamos. Me están cazando, me dije urgido. Y cuando intenté correr, el tipo me alcanzó de un brazo, sacó una pistola y me la encajó en la espalda. ¡Cálmate perro, si no te va a llevar la chingada!
Eran como las 11 de la mañana. Me subieron a golpes y empujones en un carro y me trasladaron a los separos de la PGR. Me bajaron con los ojos vendados y a partir de ahí, no cesaron los golpes con la palma de sus manos sobre mis oídos. Los puñetazos en las partes blandas eran lo que mejor hacían. Me sacaron los mocos, me hicieron vomitar. Y después de eso, me ahogaron en la taza de un baño.
Todos esos golpes, todas esas ahogadas, esas patadas, todo eso y más, iban acompañadas de una pregunta: ¡¿quién es ese lenoncito?! Mi sola respuesta de no sé, provocaba una marea alta de puñetazos y patadas, de zambullidas en un inodoro donde esos desalmados orinaban frente a mí.
¿Dónde está ese lenoncito? ¿Dónde guarda las armas?
Me preguntaban una y otra vez. Y ante cualquier insinuación que daba, arreciaban los golpes. Y comprendí que el silencio era mi mejor respuesta.
Se cansaron de torturarme. Se ablandaron conmigo. Hasta me llevaron unos huevos guisados con frijoles y unas tortillas de maíz. Había perdido la noción del tiempo. La hora no podía estimarla porque me tenían en una celda oscura.
En eso, los de la brigada blanca, volvieron al ataque.
-Vamos a ver hijo de tu puta madre si no nos dices dónde está ese lenoncito.
En ese año, estudiaba en el Colegio de Bachilleres. Habíamos organizado un movimiento estudiantil para detener el aumento a las colegiaturas que nos habían anunciado. Preparábamos el apoyo a la lucha que darían en un futuro cercano los maestros, maestras, trabajadores, trabajadoras del Cobach para obtener el registro legal como sindicato independiente y democrático.
En medio de los golpes, comprendí la razón de mi secuestro. La Brigada Blanca quería descabezar los movimientos que se avecinaban.
Entraron de nuevo los guaruras y me dijeron: ya tenemos preparadas tus botas de concreto para tirarte a la presa. Te las vamos a poner si no nos dices dónde está ese pinche lenoncito.
Me llevaron a rastras al baño. Para estas alturas de la represión, encontré la manera de burlarlos. Tenía capacidad de durar poco más de 3 minutos bajo el agua y cuando me sumergieron en una taza llena de agua con orines, con el cuerpo holgado empecé a contar uno por uno los segundos hasta llegar a los 60. Solté un poco de aire y guardando una reserva de oxígeno, fingí unos estertores de ahogamiento. Volví a contar, 1, 2, 3, hasta llegar al 20, de plano, solté el cuerpo. Me sacaron de la taza y yo mantenia como tesoro, una pequeña reserva de oxigeno en mis pulmones.
-¿Dónde guardas las armas que te dio el lenoncito ese?
Y antes de que me metieran de nuevo a la taza, por allá a lo lejos, escuché una voz de protesta. Una voz que exigía la libertad de los presos políticos. Libertad para Isidro Leyva. Libertad para José Luis Jara.
Era una voz inconfundible para miles.
El guarura de la Dirección Federal de Seguridad me metió de nuevo a la taza del baño y yo sólo dije en el silencio aterrador que sólo se da en un estado de ahogamiento; Allí está tu Lenoncito, cabrón hijo de perra. Y empecé a contar de nuevo 1, 2, 3, 4, 5…hasta llegar al minuto para a volver a armar el teatro bajo el agua con orines, con golpes y mentadas de madres.
Fueron los últimos momentos de esa tortura que todavía me acompaña, de esa noche del 10 de agosto. Al siguiente día, muy temprano, me subieron a un carro y con todo el cinismo e impunidad del mundo, esos agentes de la policía política mexicana, me arrojaron del vehículo en la vía pública, por la calle Matamoros, frente a lo que fue, en ese tiempo, Librolandia.
Rubén me salvó la vida. Doy gracias por ello. Gracias le dije ayer. Gracias lo digo hoy. Y gracias lo diré siempre